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Los vimos anoche en la tele cuando involuntariamente Álex de la Iglesia los presentó como los finalistas al Goya a la mejor dirección y salieron ellos saludando a cámara, como quien se siente aludido por la llamada del cineasta. Todo un golpe de efecto previamente anunciado.

De todas formas, nos quedamos con la intriga. ¿Cómo consiguieron llegar hasta allí? ¿Qué estrategia siguieron para acabar mostrándose al público con semejante descaro? ¿Qué medios emplearon para inmortalizar el momento sin siquiera necesidad de extender una pancarta?

Uno de los anonymous lo cuenta por escrito. Y lo que explica resulta altamente interesante no sólo por los hechos en sí, que también, sino por lo que se desprende de la carta. En efecto, si todo es como él declara, anoche allí había muchos más anonymous de lo que parecía a primera vista.


Perseguís a la gente de quien dependéis, preparamos vuestras comidas, recogemos vuestras basuras, conectamos vuestras llamadas, conducimos vuestras ambulancias, y os protegemos mientras dormís… así que no os metáis con nosotros.
El club de la lucha

Los periódicos dicen que esta noche es la gran fiesta de la cultura, los Goya. Pero se equivocan, esta noche es la gran fiesta de Anonymous…

Encerrados en un búnker fortificado en mitad de la nada, con una doble muralla de antidisturbios, los representantes de la industria cultural cinematográfica organizan el mayor montaje del año. Una fiesta de reconocimiento de ellos mismos para sí mismos, en la que todos son figurantes.

Este año el delirio llega al clímax e incluso el público es de mentira. Decenas de chavales pagados gritan piropos a los actores, mientras que el público real es retenido a cientos de metros, cacheado y en el caso de algún Anonymous incluso detenido. “La realidad acaba aquí” dicen las caras de los policías en la primera barrera, “a partir de aquí sólo ficción”.

Una fiesta ficticia, para una industria ficticia que se niega a convertirse en lo que el mundo le exige que sea. Un pobre crío con un fuerte berrinche, que llora y patalea, y nos grita que se lo va a decir a mamá Sinde y a papá Wert, que nos van a cerrar todas las páginas esas tan feas de descargas, y nos va hacer ir al cine y comprar discos por 20 euros aunque no queramos, y que le da igual que nuestros padres sean jueces y hayan dicho que descargarse cosas es legal.

Pero a Anonymous nos gusta jugar. Y sabemos que en este juego no podemos perder. Porque somos el 99%, porque somos reales, porque el mundo que proponemos es infinitamente mejor que el vuestro, porque no podéis encerrar a una idea. Y no vamos a dejar de jugar hasta que acabemos con la industria cultural, y entonces sólo quede Cultura. Porque ese es el problema, que habéis intentado hacer una industria de la cultura, pero eso es imposible, porque la cultura fluye como el agua, colándose por todas las grietas, permeándolo todo, llenando de vida los cerebros que vosotros tanto adormecéis.

Y esta noche una vez más vamos a colarnos por las grietas de vuestra gran fiesta para recordároslo.

La primera imagen al llegar es aberrante. Glamourosas actrices enfundadas en trajes imposibles se ven obligadas a recorrer a pie las decenas de metros que separan la primera barrera de público real (muchos Anonymous entre ellos) de la entrada al recinto y el público ficticio. Jóvenes cacheados, decenas de antidisturbios y tacones que no se han hecho para recorrer el desierto que separa lo real de lo ficticio. Un descuido por un lado, un acercarse a la gente adecuada, y ya varios hemos superado la primera barrera.

Ahora esperamos junto al público de cartón y vemos como van llegando los autohomenajeados. Al entrar el último famoso alguien hace una señal, y el público inflable desaparece en perfecta formación hacia el autobús que les traía. Atónitos, sólo los intrusos permanecemos en la puerta. Un Anonymous se hace fotos en la entrada, mientras yo desaparezco en el interior en un nuevo descuido de la (creo) jefa de seguridad. Esa misma que luego me diría que era “¡imposible!” que yo hubiera entrado por ahí, y que sonreía con profunda malicia creyendo que había fracasado. Este twitt que he encontrado te lo dedico a ti, encanto. No existe la seguridad, si lo que intentáis es protegeros del 99%. Es pura ilusión, no nos podéis dejar fuera, siempre alguno encontraremos la manera de entrar. Y bailaremos y cantaremos en vuestra fiesta, y os recordaremos que sois feos, y que el mundo que nos imponéis no nos gusta, y no será.

La ceremonia (en este caso el nombre es perfecto) llega al mejor director. “Los finalistas son…”, y entonces cruzo el escenario y me dejo ver. No hay que hacer nada más. No hay que gritar, no hay que instalarse, no hace falta sacar pancartas reivindicando nada. Sólo un segundo en sus retinas, un fotograma perdido en el rollo, pero es una imagen que ya no pueden olvidar. Una imagen que inunda las dos horas y media de gala y les recuerda que no pueden olvidarse de todos nosotros, que no pueden ganar, que no nos vamos a cansar nunca. Una imagen que incendia las redes junto a la página de los Goya tirada abajo por miles de Anonymous, y que representan el brindis final de nuestra fiesta.

No nos podéis etiquetar y encerrar, porque somos cualquiera.

No nos podéis frenar, porque tenemos razón, pero sobre todo porque esto es lo que nos divierte y emociona.

No nos podéis ganar en las redes, porque las redes son nuestras.

No podéis convertir la vida en un negocio, porque la vida no tolera los límites.

Volvéis a perder.

No olvidamos, no perdonamos.

Somos anónimos, somos legión.

En Nación Red | Anonymous en los Goya

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