En 1956, un hospital metió patitos, un cerdito y un coatí en pediatría. Hoy, A Coruña recurre a los perros para aliviar el miedo

Lo que en 1956 parecía una ocurrencia para animar a niños con polio hoy tiene normas, perros entrenados y estudios científicos detrás

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redaccion

Redacción de Genbeta

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En noviembre de 1956 la revista LIFE publicó un reportaje sobre la costumbre del hospital de la Universidad de Michigan, en Ann Arbor, de llevar animales a las plantas en las que estaban ingresados niños pequeños. El fotógrafo Francis Miller retrató a dos niñas bañando a un cerdito, a un coatí que hacía equilibrios en un cable por encima de las cabezas de los pacientes y a Peggy Kennedy, de tres años, tumbada en una cama con un respirador de plástico en el pecho mientras a su lado, en un barreño, nadaban unos patitos.

Qué le pasaba a Peggy. La culpable era la poliomielitis, una enfermedad causada por un virus diminuto que entra por la boca, casi siempre con agua o comida contaminadas con heces, y que acaba instalándose en el intestino. Allí se multiplica y, en la mayoría de los casos, la cosa no pasa de ahí. De hecho, alrededor del 70 % de los niños infectados ni siquiera llega a tener síntomas, y casi una cuarta parte pasa algo parecido a una gripe leve que se cura sola en una semana.

Polio Foto de Peggy Kennedy en el reportaje de la revista LIFE (Francis Miller)

El problema aparece cuando el virus consigue llegar a la sangre y, a través de ella, a la médula espinal, donde ataca a un tipo de célula muy concreto, las neuronas motoras, que son las encargadas de dar a los músculos la orden de contraerse. Si las daña, los músculos que dependen de ellas pierden fuerza y pueden quedar paralizados, a veces para siempre, algo que ocurre en una de cada 200 infecciones y que suele afectar a las piernas. Y cuando la lesión alcanza a las neuronas que mueven el diafragma y los músculos que hay entre las costillas, el niño ya no puede respirar por sí mismo, que es como morían entre el 5% y el 10% de los pacientes. La polio volvía a Estados Unidos cada verano, y solo en 1952 dejó más de 21.000 casos de parálisis y unos 3.000 muertos.

El pulmón de Peggy era un respirador. Reducía la presión alrededor del tórax y le ayudaba a respirar. Es el mismo principio del pulmón de acero, aunque aquí la máquina era de plástico, solo cubría el pecho y dejaba libres los brazos. Era un respirador de presión negativa, con un tubo, que ayudaba a Peggy y otros niños como ella a compensar sus dificultades para respirar.

En 1956 todavía no había cura para la polio, pero los médicos sí podían mantener con vida durante semanas o incluso meses a un niño que no era capaz de respirar por sí mismo, gracias a máquinas como el pulmón de acero, y Michigan tenía desde 1951 uno de los primeros centros de respiradores del país. Tampoco faltaba la vacuna. Diecinueve meses antes del reportaje, el 12 de abril de 1955, el epidemiólogo Thomas Francis Jr. subió al estrado del auditorio Rackham, en esa misma universidad, y anunció que la vacuna de Jonas Salk, evaluada en un ensayo en el que participaron 1,8 millones de niños, era segura y eficaz. Esa vacuna protegía a quien aún no había enfermado. A los niños que ya respiraban con una máquina no podría revertirle las secuelas que ya tenían, y Michigan siguió atendiéndolos durante años.

Aquella escena del coatí dentro de las salas del hospital queda lejos de las recomendaciones de la SHEA (la Sociedad de Epidemiología Sanitaria de Estados Unidos) que desde 2015 recomienda que en las visitas terapéuticas solo entren perros de al menos un año, adiestrados y con una evaluación de conducta, acompañados por un guía con formación, y que todo el que los toque se lave las manos antes y después. Los perros sí han entrado en muchas ocasiones en las plantas de pediatría. En A Coruña, el hospital Materno Infantil Teresa Herrera presentó este verano un programa con pacientes oncológicos de entre 2 y 15 años, los pequeños primero conocen al perro con gafas de realidad virtual y después reciben su visita en persona.

El efecto. Una revisión de 2022 reunió 21 estudios con niños y adolescentes atendidos en hospitales y en consultas, todos con perros. Los trabajos que medían el dolor o el estrés antes y después de la visita encontraban mejorías. Al comparar con grupos sin esa intervención, los resultados eran dispares. Hay indicios de beneficio, pero los autores piden estudios más amplios y rigurosos. Setenta años después de la foto de Peggy, la investigación intenta precisar cuánto alivian estas visitas, a quiénes y durante cuánto tiempo.

Foto | Magnific creada con IA


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