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Hollywood, la decadencia del DVD y la no-solución de las descargas

Hollywood, la decadencia del DVD y la no-solución de las descargas
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La venta de películas en DVD lleva cayendo, en general y en todo el mundo, aproximadamente un 25% desde 2006. Aunque pudiera considerarse una sorpresa, no lo es.

¿Ventas de DVD cayendo en todo el mundo (enlace de 2010)? ¿Pero no era España el paraíso de la piratería y el lugar en que estaban más amenazados? Pues va a ser que no.

Una de las opciones que los grandes estudios empezaron a estudiar, aunque no han desarrollado en su totalidad, es el sistema de descarga, pero con la etiqueta “legal”. Ya saben, todo lo que no venga bendecido por el Estudio, no es contenido autorizado.

Pero resulta que el modelo de descargas autorizadas no les acaba de funcionar bien a los estudios. Por lo general, Hollywood entiende el streaming como una especie de “alquiler”, mientras que los usuarios lo entienden como “lo he pagado, es mío”, luego me lo descargo en mi ordenador y veo la película las veces que quiera.

Cualquier lector que ‘disfrute’ de servicios de televisión por cable puede comprobarlo. El precio más barato, en España, que personalmente he visto no baja de los 7 euros por un alquiler de 24 horas. Si contamos que un alquiler de DVD en un videoclub sale por unos 3 o 4… la suma es rápida.

Por contra, los usuarios norteamericanos disponen de servicios como Netflix o Hulu, que por una cuota fija al mes, permiten la visualización ilimitada de todo su catálogo (Hulu incluso ofrece contenidos gratuitos).

El problema son las licencias. Un simple paseo por los catálogos de cualquiera de los servicios de “streaming autorizado“ (notense las comillas y la cursiva) demuestra que, a parte de grandes clásicos del cine mudo (como “El Nacimiento de una Nación”), mucho cine de autor y algún que otro éxito transnochado de los 80, de “Grandes Éxitos de Hollywood” andan más bien escasos.

La dificultad de añadir “películas de estreno” (otra vez comillas) a los servicios de streaming, por no hablar directamente de imposibilidad en el caso de cualquier cosa controlada por Mr. Murdoch, junto con las enormérrimas cantidades de dinero que los estudios se gastan en “protegerse de copias no autorizadas”, ya sea en medidas anti-copia que duran 3 horas, o en las minutas de sus legiones de abogados y/o trolls del copyright, puede ser alguno de los síntomas que les debería decir a los señores de la industria del ocio y el entretenimiento que algo no va bien, que están perdiendo dinero.

¡Si hasta Sears, el mayor vendedor por catálogo del mundo, se subió al carro de la distribución por Internet!

Pero en vez de estudiar seriamente nuevos sistemas de distribución y negocio, por el contrario, se empecinan en ‘mejorar’ sus sistemas anti-copia (para que duren 3 horas y 5 minutos antes de ser crakeados) y desarrollan soluciones tan delirantes como retrasar el estreno de sus películas dependiendo del país, solución que,

  1. No solventa el problema que supone que alguien entre en un cine en el otro extremo del planeta y grabe la película.
  2. Tampoco evita que los mismos trabajadores de la industria sigan ‘filtrando’, o quien sabe si vendiendo (¿para compensar un salario bajo?) sus copias a los que luego las suben a las redes de intercambio.
  3. Te da muchos números para que acabes destruyendo el sistema de distribución que ya tenías implantado en dicho país.

Siempre es mejor situarse como ‘víctima’, aunque sean ellos mismos los que están caminando, cantando alegremente al son de flautas y violas, hacia el abismo.

Aunque el objetivo fundamental de una empresa, en cualquier sector industrial, es vender, la industria del ocio ha pasado de vender sus productos a limitarse a criminalizar a todos sus antiguos clientes en vez de proporcionarles lo que piden. Quizá deberían cambiar de sector (y de epígrafe de actividad económica) y declararse como lo que son: despachos de abogados.

A juzgar por las películas que estrenan, como abogados hasta podrían llegar a tener futuro… o no. “Los Estudios de Abogados de Hollywood”... hasta suena bien.

Foto | Rupert Ganzer

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